Estudiar con cuatro sentidos

Yorbelis C. Barreto Trujillo

Imagine que tiene los ojos vendados y un software en el computador relata para usted el texto que está frente a sus ojos. Así es para el protagonista invidente de esta historia: Adrián Malagón, estudiante de segundo semestre de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab). Tiene 18 años y quiere ser periodista.

Cuando tenía dos meses y medio de vida le diagnosticaron cáncer en la retina, dos años más tarde tuvieron que extirparle los ojos: desde entonces lleva un par de prótesis. Adrián aprendió a vivir sin el sentido de la vista. En primaria conoció las figuras geométricas gracias a una maestra, un poco de plastilina y el tacto, la piel, el órgano más grande del cuerpo humano.

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Imagen referencial. Fotografía: Saludalavista.com

En primer año de secundaria conoció a Carla y ganó un par de ojos más. Ya contaba con los de mamá, papá y familiares. Terminaron el bachillerato y comenzaron juntos la universidad en la misma carrera. Carla se ha vuelto sus ojos, se acerca a él y se hace sentir. Adrián conoce la textura de su cabello liso, su tono de voz y hasta sus silencios. Cuando la tiene cerca, busca su hombro, apoya la mano y caminan al paso del bastón. Es su manera de reconocer a las personas.

Esta ha sido la experiencia de Carla de acompañar a Adrián en su camino por la secundaria y la universidad:

 Apuntes sonoros

Adrián entra a su cátedra Cultura y Modernidad, con el profesor Nelson Galvis, y decide sentarse en el escritorio para simular que imparte la clase. Van llegando los demás y cada vez hay más ruido en el salón: grupos que conversan, amigos que se saludan, personas que entran y salen. Carga consigo un bolso y dentro su computador, teléfono en el bolsillo y bastón a la mano. Saluda cuando lo saludan.

-¡Llegó Galvis! ¡Párate!

Se sobresalta y toma el bastón para levantarse, es su amiga Paola que le juega una broma al verlo allí sentado. Conversan un rato entre risas y el ruido aumenta al tiempo que van llegando más compañeros. Adrián no se molesta por los juegos de ese tipo, aceptó su condición cuando apenas tenía diez años.

-Hasta el momento, no me gustaría cambiar, soy feliz tal como soy.

A las 2:30 pm llega el profesor y ya Adrián se ha cambiado a un pupitre, cerca del escritorio. Galvis habla de movimientos artísticos como el Realismo y el Impresionismo del siglo XIX, él activa el grabador de su teléfono y se dedica a escuchar en silencio. Los efectos de la luz natural sobre los trazos de pintura no tienen significado para Adrián.

-No siempre es fácil seguirle la corriente a lo que dice, algunas veces me pierdo en la explicación.

Perseverar hasta conseguirlo

Adrián ya tiene decidida su área en la carrera: quiere ser periodista y narrador deportivo. Su “novena maravilla del mundo” la descubrió a los 11 años y con ella una recarga de perseverancia. Fue el software que funciona con combinaciones de teclas y está instalado en su computadora portátil, lo maneja de memoria.

Sabe que contar con cuatro sentidos le será cuesta arriba en el ejercicio de la profesión y que tendrá que valerse de la descripción de alguien más. A pesar de eso, y así como le decía a su mamá que algún día aprendería a utilizar una computadora, afirma con convicción que podrá llegar a narrar un partido de fútbol en unos años: “Si la tecnología no existe, entonces yo me la invento”, afirmó Adrián.

 

 

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