Una odisea llamada “Ucabito”

Franklin Hoepp

Oriana Villarroel

6:15 am. Salgo de mi apartamento bien arreglado y perfumado, con mis audífonos alegro mi mañana escuchando la nueva canción de Ricky Martin con Maluma “Vente pa’ acá” y tarareo el coro con entusiasmo mientras me dirijo a la parada ubicada en La Churuata. Al llegar, ya se encuentran un grupo de personas, que con ansias van por un mismo objetivo, lograr tomar el transporte público para llegar a su destino, pero la gran diferencia es que yo espero el Ucabito, el único autobús que llega a la Universidad Católica Andrés Bello extensión Guayana.

De reojo reconozco a dos muchachas de la universidad, les dedico una sonrisa pero sigo escuchando mi música. Poco a poco se van yendo las personas de la para

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Ucabito trabajando. Cortesía @elucabito

da en los diferentes buses que pasan abarrotados. Y nada que se asoma el Ucabito.

6:35 am. Preocupado por la hora miro al horizonte con esperanzas de obtener respuestas pero el autobús no muestra señales de vida. Volteo, me quito un audífono de la oreja y una de las muchachas ucabistas me pregunta: ¿No sabes a qué hora pasa normalmente? Le respondo: mira, debería de estar pasando.

6:45 am. Con angustia me arranco los audífonos de las orejas, ya no me quedan ánimos de escuchar música. Miro el reloj, tengo clases con Ana María Quintero a las 7am, y esa profesora es muy delicada con las horas de llegada. Me acerco a las dos muchachas y una me comenta que tiene el número del Ucabito, lo llamamos y le preguntamos: “Buenas, señor, ¿va a trabajar hoy para la UCAB?”. Responde con mal humor: “No, no. Insistimos y volvemos a preguntar: ¿por qué? Tenemos rato esperando en la parada”. Con gritos nos contesta: “PORQUE NO ME DA LA GANA” y cuelga.

Plan b

Perplejos por la respuesta nos observamos con desespero y de una vez propongo agarrar un taxi entre todos, no queda opción. Contamos el dinero, somos tres y cada uno tiene 200bs para completar 600bs. Las muchachas aceptan. Comenzamos a cazar un taxi, pero ninguno se detiene, esperamos y al final un señor mayor con un Aveo se para, le pregunto: “Buenas señor, ¿cuánto hasta la UCAB?”. El señor responde: “Son 800bs”. Con tristeza, volteo esperando que alguna tenga los 200bs que faltan pero de una vez me niegan con la cabeza. Con cara de desesperación intento rebajar el precio al taxista, me mira con burla y mientras arranca logro escuchar: “Tan sifrinos y no tienen pa’ un taxi, ja, ja, ja”.

Los rayos del sol ya comenzaban a generar un calor insoportable, que se veía reflejado en las gotas de sudor que se revelaban por mi rostro. Derrotado le propongo a las chicas comenzar a caminar a la universidad. Iniciamos nuestro trayecto, cada vez que pasaba una moto temblábamos por miedo a que nos robaran, pero al cruzar el semáforo del Loefing, la meta se veía más cerca, por la avenida pasaban una gran cantidad de carros que se dirigían a la UCAB pero ninguno se orilló para darnos la cola.

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Cuenta creada por estudiantes. Cortesía @elucabito

7:03am. Empapado de sudor, despeinado, de mal humor, con dos nuevas amigas, logré llegar a la universidad y asistir a mi clase con la profesora Ana María Quintero. Al ver a mis compañeros de clases traté de olvidar lo ocurrido, hasta que una amiga me comentó: “Amigo, el Ucabito anda accidentado, no pasará al medio-día”. Con un suspiro lo único que pude hacer fue mostrarle mi mayor sonrisa hipócrita.

 

 

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